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Madison: la hippie envejeciendo

Nuestra estancia sabática en Madison, Wisconsin entre 2007-2008 de muchas formas nos formó; nuestras visiones y sueños sobre la calidad de vida, las transformaciones sociales, urbanas y ambientales que se podían lograr.  Las fotos de nuestra estancia me dan una fuerte nostalgia, y a la vez profunda tranquilidad. Ésta fue una “postal colectiva” que escribí y envié a varios amigos y familia.

En esta semana fuimos al concierto de Suzanne Vega, mi admirada cantante de música urbana folk. Preguntó al público, cuál era la personalidad de la ciudad de Madison. Una persona del auditorio gritó: “Es un hippie envejeciendo”.

Salimos encantados con la respuesta, nos explicaba y describía muy bien lo que esta ciudad representa. Lo que una “generación alternativa” pudo y no pudo cambiar del mundo, dentro de su ciclo de vida que comienza a cerrarse.

La ciudad es hermosa en su entorno natural: llena de lagos, parques, ríos, senderos de bicicleta.

Por supuesto, a nosotros, nos parece todo limpísimo, con un profundo cuidado y entendimiento del medio ambiente, la restauración, la regulación ambiental y el disfrute de los recursos naturales. Las personas comunes y corrientes entienden y hablan de las “especies invasoras” y maneja términos que Luis ha tardado varias décadas entender y hacer entender; y por supuesto, que ninguna persona de nuestro círculo cercano en México ha introducido en su lenguaje .

También es interesante ver la perspectiva de los “locales”; para ellos, no se ha hecho suficiente. Los lagos y ríos siguen contaminados por la industria, al gobierno no le importa, y “¡qué bueno que Luis viene a trabajar el problema de la restauración de agua dulce aquí, porque hace mucha falta!”. Sonrío…

El servicio público de la basura pasa una vez a la semana puntualmente; con un bote café para la basura, uno verde para el reciclado y el gobierno local vende “composteros” para que cada quien en su casa haga su composta. Un camión automatizado levanta los botes respectivos con un brazo mecánico, filma lo que se tira y registra el número de basurero! Suponemos que cuando uno no tira bien la basura, le llega a una multa, aunque no lo hemos querido averiguar.

Foto: Monica Tapia A.

Prácticamente aquí todo intenta ser “orgánico”, “comercio justo” o “producido localmente”. El super más cercano (Willy-Coop) es una cooperativa de consumidores, que comenzó como una compra en común de los vecinos y ahora tiene $27 millones de dólares de ventas anuales. Tiene una sección de medicina alternativa (hierbas, thés, homeopatía, aromaterapia, etc.) con una asesora que recomienda lo que podrías hacer y qué te podría servir. El otro super (mucho más grande y corporativo, pero no se llama Walmart, ni ninguna marca que nosotros conozcamos) se vende como “propiedad de los empleados”, tiene su sección orgánica y mucha comida mexicana.

Ayer fuimos a un tour de granjas que producen para el WillyCoop. Conocimos a una pareja que hace un yogurt riquísimo, con una máquina que trajeron de Israel, porque aquí todo era grande y ellos mismos producen el yogurt y lo van a vender a las tiendas (700 botes de yogurt tres veces a la semana). Una pareja que vendía cordero con medios naturales (aún no es orgánico, porque no hay certificación) y varios del tour—por supuesto, siendo vegetarianos—reprobaban la idea de visitar a los pequeños borreguitos que morirían unos meses más tardes (nuestra hija y Liza Simpson, también entre ellos). Conocimos una granja de espinaca, camotes, pimientos, menta y otros productos orgánicos. El tour fue muy educativo, coordinado por el servicio educativo del super para que los consumidores y productores locales se conozcan.

Los catálogos de ropa que llegan a mi casa son por el estilo, todo hecho con algodón orgánico, comercio justo, y reduciendo las emisiones carbono al planeta…

Vivimos escuchando una “radio pública” (NPR), con música de todo tipo y entrevistas a autores y conferencistas interesantes. Vemos la “televisión pública” (PBS), con varios documentales de la BBC. Ambos medios enseñan la cara intelectual y cultural que tiene Estados Unidos, que a veces es difícil ver desde México. Su financiamiento proviene de fundaciones y “televidentes como usted que contribuyen con donaciones”, oímos repetir continuamente.

Invierno en Madison, Wisconsin.
Foto: Monica Tapia A.

Veo Organizaciones de la Sociedad Civil (OSCs) y fundaciones por todas partes:

  1. – Están los que protestan y hablan en el radio porque HalliBurton (la compañía que está reconstruyendo Irak) está reclutando ingenieros en la Universidad.
  2. La corporativa de desarrollo comunitario que le presta dinero a las inmobiliarias y a cambio logra ser propietarias de departamentos –dentro de edificios muy nuevos y lindos– que vende a personas de escasos recursos, tras un proceso de selección.
  3. La organización vecinal que en los setenta, cuando esta colonia estaba en decadencia, protestó contra un restaurante de comida corrida, y consiguió que en su lugar se construyera un parque. Ahora organizan un festival en la colonia, algo así como una kermesse, con todos los negocios locales promoviéndose y un par de conciertos, donde me podía imaginar perfectamente a mis tías Marcela y Estela bailando a lado de las otras señoras (si vivieran aquí…).
  4. Hay otro montón de  ONGs locales promoviéndose y buscando voluntarios en la kermesse. Por supuesto, fácilmente identifiqué a la fundación comunitaria Madison y a UnitedWay.

La discriminación está también presente. En este medio “liberal” y “alternativo”, en el super “orgánico” y de “comercio justo”, la gente se nos queda viendo cuando hablamos español. Al ir a la farmacia a comprar unas pastillas anticonceptivas descubrí, de una forma inolvidable, que no se venden al público, sin receta. El dependiente de la farmacia me dijo algoasícomo “people who can`t afford, can go to the community health clinic and see if the doctor… The gyyneeecoooloooogiiist (me lo deletreó así, muy lentamente) can see you about this

Atardecer de verano, Madison, Wisconsin

Madison está en el Mid-West. Aquí, parecieran preocupados, ansiosos, de que la ola de inmigrantes ilegales (porque no conocen a los “otros”) haya llegado hasta su pequeña “comunidad alternativa”, a su colonia de clase media. Saben cómo es Chicago, pero aquí apenas comienza a ser visible la población latina, trabajando en las granjas y algunos restaurantes… Así que completos desconocidos nos preguntan cuando nos oyen hablar en español “si le enseñaremos a Julia inglés”, “si haremos que crezca bilingüe”.

¿Y cómo explicarles que no somos realmente “esos inmigrantes”, pero que compartimos su discriminación? No lo expresan, pero sí se sienten más tranquilos cuando les decimos que sólo estaremos aquí un año y después volveremos a México.

Y, bueno, al final entendí el por qué “peoplewhocan’tafford” (la gente a la que no le alcanza). Cuando uno va al doctor o a la farmacia, los precios son –literalmente, por las mismas pastillas que compro en México—tres veces más caros. La salud no es pública, ni puede proveerla con la misma facilidad, las ONGs y las fundaciones.

Al final, hay muchas cosas, como envejecer, que realmente no puede cambiarse, ni por toda una generación.

Otoño 2007



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